sábado

Pachinko


En la dulce espera la primer novela Tamarisca, un texto de nuestro autor, Julián Urman.

El pachinko llegó al pueblo envuelto en pañuelos de seda, en la parte de atrás de una camioneta que nadie había lavado nunca. Al ver la mugrosa camioneta estacionar en la calle principal frente a la iglesia, muchos confundieron el lujoso envoltorio con el objeto envuelto y así creyeron que el pachinko no era otra cosa que una prenda de vestir o un fino detalle estético que en nada podría afectar el transcurso de sus vidas humildes. Los primeros en acercarse fueron los diez o doce que siempre jugaban en la calle. Reconocieron en la llegada del pachinko un hecho de tal importancia que de inmediato abandonaron la pelota o el palo con que hasta entonces se divertían. Solo el cura anticipó el peligro, sin saber que en verdad actuaba con previsión, al quejarse por la vistosa muestra de adoración banal que sucedía frente al sagrado recinto, y su queja no fue de orden espiritual: la camioneta, al estacionarse, había golpeado su bicicleta, encadenada al poste de luz correspondiente al local aún cerrado donde dos hombres desconocidos descargaron el pachinko envuelto en seda. No gritó el cura “cuidado con la Bestia que está entre nosotros”, ni “recordad la verdadera esencia de la Virtud”; sólo dijo “mi bicicleta” y ya era tarde porque el daño estaba hecho. Por esta circunstancia, fue el cura el primero en acercarse al pachinko y depositar en él una moneda.
Inocente y atractivo, el pachinko permitía disfrutar de sus beneficios con solo activar de esa forma sus entrañas mecánicas. El resto era sencillo y, aunque muchos creyeran lo contrario, quedaba librado al azar. Cualquiera podía ganar; cualquiera perder. El caso del cura fue afortunado o, por el contrario, catastrófico, al considerar el efecto que aquella inmediata victoria tuvo sobre la moral de la gente. Se dijo luego que el pachinko siempre otorgaría la victoria al primer jugador, pero nadie logró hallar, en las entrañas de la máquina, evidencias de tal comportamiento. El vicio nunca es algo nuevo. Tampoco lo son las estrategias que el vicio utiliza para controlar las mentes de quienes se entregan a su mandato nefasto. Pero el pachinko, hasta recibir la moneda del cura, sí era nuevo, o al menos disfrazaba sus curvas familiares con dispositivos de luces y sonido que lo hacían brillar como nada que la gente del humilde pueblo hubiera visto nunca. Acostumbrados a creer en la bondad de lo nuevo, nadie dio la voz de alerta, ni siquiera cuando al pasar una semana los efectos del pachinko ya podían sentirse en las plazas, los hogares y en las más sólidas instituciones. Una semana necesitó el pachinko para arrasar con las mentes de los hombres que jugaban día y noche, sin distinguir sol de luna, atentos al devenir de las intermitentes luces del pachinko.
No pocos advirtieron los signos del desastre inminente: las manifestaciones sumaban docenas de personas en la plaza mayor, pero muchos de los protestantes hallaban el tiempo para jugarse un pachinko inadvertidos o con la complicidad de otros jugadores, y así la hilera humana frente al pachinko no hacía más que aumentar. La necesidad de moneda inmediata generó nuevas formas de empleo. Familias que mantenían un oficio a través de generaciones pronto se vieron convertidas en oportunistas capaces de vender a una madre o a un abuelo (si hallaban alguien que pagara por él) con tal de no perder la oportunidad de victoria que el pachinko ofrecía. Los ganadores terminaban de disfrutar el festejo con los últimos de la fila, ilusionados estos por el triunfo de aquel que volvía para esperar un nuevo turno. Alrededor del pachinko la vida era sencilla y era esa una de sus tantas virtudes. No fue hasta que una falla mecánica lo obligó a detenerse que la gente del pueblo tomó su venganza. Interrumpido el hechizo por el desperfecto mecánico, llovieron golpes sobre la frágil estructura de vidrio y metal. Miles de engranajes componían las entrañas del pachinko. No había maldad en su diseño; solo ingeniería. Al ver a la Bestia deshecha, el pueblo respiró tranquilo. Pero la paz fue breve. Al amanecer del día siguiente, docenas de camionetas mugrientas estacionaban ante la iglesia, frente a la plaza mayor.

5 comentarios:

Beatriz Sarlo dijo...

¿Qué es un pachinko entonces?

Anónimo dijo...

Y la novela es asi, campestre, o de mafias, como dice en otro post?

Valeria Mazza dijo...

Las dos cosas me parece

lenguaviperina dijo...

cuatro hurras por el gran Urman (cuatro porque es mi número de la suerte): porque es el escritor jóven más dostoievskiano y porque es mi preferido de mi lista "escritores que conozco" (a Carver casi lo conozco una noche, en un casino de Nevada, pero se me quedó el auto por el mal tiempo; Salinger es demasiado fóbico y ortiva, nunca me contestó los llamados ni los mails; Houellebecq es como Charly, sólo interactúa con fans del género femenino).

mAsako 正子 dijo...

lindo cuento :)