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domingo

DOS DE TRES

"De hecho, no son pocos los que creen que tres de los mejores libros de nueva narrativa aparecidos en los últimos años fueron de relatos: 76, de Félix Bruzzone, La hora de los monos, de Falco, y El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti."


La nuevamente innombrada (¿innombrable?) Editorial Tamarisco se enorgullece de que no sean pocos los que crean estas cosas que se dicen, más completas, acá: http://www.perfil.com/contenidos/2010/11/06/noticia_0004.html

martes

El Asesino de Chanchos en Perfil


Lamberti leído y elogiado aquí y allá. Sigue la cosecha tamarisqueña. Acá, la mirada de Maxi Tomas:


Algo está pasando en Córdoba. Primero fue la aparición de una novela extraña y sofocante como Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, que terminó finalista del premio Anagrama en 2008 y sorprendió a todo el mundo (salvo, claro, a algunos narradores cordobeses). Más cerca en el tiempo, la publicación del notable La hora de los monos, de Federico Falco (primer paréntesis: alguna vez aseguramos que el libro de relatos de Falco, junto a 76, de Félix Bruzzone (TAMARISCO, 2008), eran las dos colecciones de cuentos más destacables de los últimos años en la Argentina. Falco fue seleccionado hace un par de semanas por la revista Granta como uno de los veinte narradores más promisorios de la literatura latinoamericana actual; Bruzzone acaba de ganar el prestigioso premio literario alemán Anna Seghers, “por sus cuentos densos e irónicos”, según subrayó el jurado). Y, ahora, acaba de editarse otro gran libro de relatos de un joven escritor cordobés: El asesino de chanchos (TAMARISCO, 2010), de Luciano Lamberti (San Francisco, 1978). Busqued, Falco y Lamberti no sólo se conocen entre sí, sino que trabajan un universo narrativo que tiene varios puntos en común. Debido a lo hondo que supo calar una parte de la literatura estadounidense del siglo XX (desde las historias de Flannery O’Connor y John Cheever a los cuentos de Raymond Carver) en ciertos círculos literarios cordobeses, un observador no muy avezado podría tomar a estos tres escritores como una suerte de avanzada de la actualización del realismo norteamericano, algunas décadas después y en la Argentina. Pero precisamente lo más atractivo de la obra de cada uno de ellos es lo que hacen para difuminar, para agrietar los límites de representación impuestos por una corriente que parecía agotada hacía muchos años.

Con apenas nueve cuentos en menos de cien páginas (cinco de ellos, “El asesino de chanchos”, “El arquero”, “Agua viva”, “Monocigótico” y “La tortuga”, de un atractivo indudable), Lamberti abandona el campo de la poesía y debuta en el de la narrativa de la mejor manera posible: ahí están sus personajes, envueltos en penas sentimentales sin remedio, viviendo como parásitos de sus familias disfuncionales, saltando de un trabajo miserable a otro, tomando cerveza en largas y pesadas noches de verano, hablando hasta quedarse sin ideas, ni energías, ni anécdotas, y sabiendo que cuando el sol salga al día siguiente nada habrá cambiado (segundo y último paréntesis: las editoriales independientes que apuestan por dar a conocer a buena parte de estos autores tienen una deuda con los lectores. Ser independientes no los exime de responsabilizarse de las múltiples erratas que un trabajo de edición más atento podría remediar).

Los cuentos de Lamberti tienen algo del mal llamado realismo sucio americano, pero señalar eso es ya un lugar común: de la misma manera podrían ser leídos en relación a los ambientes extraños y oscuros que suelen tener los relatos de Patricia Highsmith. Porque si bien la verosimilitud, uno de los dictados del realismo, es sostenida a lo largo del libro, lo cierto es que las historias de El asesino de chanchos se revelan mejor cuando son vistas desde cierta distancia. Como el espejo que dibuja el sol cuando cae recto sobre el asfalto de la ruta, o como cualquier objeto admirado a través de las llamas del fuego: levemente borroneadas.

Publicado este fin de semana en el diario PERFIL

viernes

Se empieza a armar

Hace poco hablábamos con Vanoli sobre libros que salen ahora y tienen esa cosa entre futurista y fantástica rebotando por ahí. Ahora Fernanda Nicolini escribe esto para Ñ:

El otro lado del realismo

En Hélice (Entropía), la segunda novela de Gonzalo Castro, el protagonista es un abogado asesor de empresas con problemas de pareja que le escribe casi a diario a una persona de la que está distanciado. Si no fuera porque su tarea es diseñar un país para que lo habiten artistas y que los autos funcionan en piloto automático -entre otros detalles futuristas-, se leería como la historia de un hombre en crisis en el mundo actual. Los cuatro relatos deVaradero y Habana maravillosa (Tamarisco), primer libro de Hernán Vanoli, parten de situaciones cercanas: una manifestación reprimida, vacaciones familiares en Cuba, alguien que vuelve de España, dos hermanos que ofrecen un servicio de turismo obrero para gringos. Hasta que un elemento sacude los parámetros de lo conocido y la escena se subvierte de un modo casi ballardiano. EnPunta Roja (El 8vo Loco), de Daniel Diez, y Las estrellas federales, próxima novela de Juan Diego Incardona, las referencias geográficas e históricas delinean un contexto próximo habitado por criaturas fantásticas. En el primero, un grupo de investigadores del Conicet espera la aparición de las “gábulas” en la orilla del Salado; en el segundo, la contaminación de la cuenca del Matanza sirve para plantear las consecuencias del cierre de fábricas en los 90 en clave de ucronía.

Decisión política, búsqueda de nuevos recursos narrativos o resultado no premeditado, lo cierto es que estos cuatro autores nacidos en la década del 70 corren la frontera de lo real. Pero lo hacen sin interesarse especialmente en un género -la ciencia ficción o el fantástico-, ni sentirse deudores de una tradición local que tiene en su vértice a Borges, Bioy Casares o Angélica Gorodischer. Al contrario: como parte de una generación encorsetada en cierto realismo marcado por la llamada literatura del yo, abren un hueco, iluminan las limitaciones de trabajar con lo cotidiano, y van un poco más allá. Huyendo, en lo posible, de las etiquetas.

Gonzalo Castro –a quien le llevó nueve años escribir la novela en medio de sus tareas como arquitecto, responsable del sello Entropía y director de raras películas- es el más enfático a la hora de desmarcarse: “Soy realista, sólo que soy realista en lo lateral. En lo esencial soy vitalista, abogo por la energía y por el espacio narrativo y creo que la realidad se refleja únicamente en las cosas concretas. En los esquemas más amplios de la vida, y de las novelas, la realidad no tiene ninguna importancia”.

Ajeno a las categorizaciones, dice que los trazos futuristas deHélice no buscan ninguna filiación con la ciencia ficción: “Los incluí buscando oxigenación, algo de incertidumbre temporal que me separara de las referencias más cotidianas. Igual los elementos no-reales son pocos y están tratados con la naturalidad de alguien que convive con ellos, con lo cual no se les exige una prueba descriptiva profunda: el éxito de esos artefactos casuales depende más del lector que de mí.”

Hernán Vanoli, que publicó cuentos en antologías y está al frente de la editorial Tamarisco, reconoce que su intención inicial era escribir dentro de los márgenes de lo real, pero que las formas ya ensayadas del realismo no lo satisfacían. “Algunos me señalaron que el libro es una suerte de ‘costumbrismo intervenido’, y me gusta esa idea como programa. Tengo la voluntad de tensionar ciertos elementos que valoro de la hegemonía simbólica del relato realista actual, como el pensamiento sobre lo social, pero busco que el realismo no sea un paradigma sino una frontera por la cual entrar y salir”, explica.

Sin embargo, lo que para Vanoli hace que un texto sea más o menos efectivo a la hora de tensionar esa realidad, no es el género sino el concepto que se tenga de la función de la literatura: “Yo no creo que lo no-realista sea de por sí más interesante, sino que hay que ver qué relaciones sociales concretas y efectivas se traman en cada libro. No me interesan el delirio ni las fantasías técnicas; me interesan las fronteras donde los cuerpos trafican con las tecnologías y donde las tecnologías profanan los cuerpos: desde ahí hay que pensar las cuestiones de ciudadanía cultural y literaria”.

Juan Diego Incardona, que ideó una suerte de “peronismo fantástico” con El Campito (Mondadori), también cree que hay una decisión política en la elección de temas y el recorte geográfico con el que trabaja (el Conurbano bonaerense). Pero no le atribuye la misma racionalidad al uso del género fantástico. “No fue una decisión consciente sino el resultado de los mecanismos de la imaginación –cuenta-. Me gusta inventar paisajes y criaturas, pero trato de que eso esté conectado con la realidad, que lo fantástico sea en versión local, más material que existencial.”.

El quiebre del realismo en algunos de los relatos de Daniel Diez que integran Punta Roja –su primer libro- tampoco forma parte de un programa literario, sino que es resultado del mismo acto de escribir: a veces lo fantástico, dice, le funciona como disparador y otras, incluso, lo ayuda a creer en la historia. “Pienso a la línea que separa lo fantástico de lo real como muy fina, borrosa y escurridiza. En el caso de algunas de las criaturas de mis cuentos, podrían existir perfectamente y por eso, por lo general, el ambiente en el que aparecen resulta conocido. De todos modos, no me preocupa el tema de los géneros ni tampoco creo que la única forma de tratar ciertos conflictos sea a través del realismo”.

Quizás estas incursiones más allá del contorno de lo real sean una manera, como dice el crítico Pablo Capana a la hora de definir la ciencia ficción, de acudir al pensamiento lateral para tomar distancia y mostrar el otro lado del realismo: su costado hipotético.

lunes

Pablo Dema lee "El Asesino de Chanchos"


Hermosa lectura del flamante título de Tamarisco, a cargo de Pablo Dema:

... "En la lógica que dibuja el libro, la estabilidad es sentida como una caída. Dice Mara en “El asesino de chanchos”: “si seguíamos así, cogiendo todo el día y leyendo el diario en la cama, íbamos a terminar comprando un lavarropas o esa clases de cosas”. El sometimiento de la conducta a cualquier clase de normalidad y toda forma de institucionalización de la experiencia es repelida. Pero el margen, la exterioridad con respecto a toda reglamentación social, es una deriva dolorosa. Dije que había pocos pasajes reflexivos en el libro, pero hay uno que es clave: “Después pensé mucho en lo que pasó. Quería buscar algo, un orden, una moraleja, pero por más que daba vueltas no lo podía encontrar”. No hay orden ni moraleja, no hay experiencia que produzca el rédito del aprendizaje. Sin embargo, en este contexto en el que no hay sentido, en el que no hay positividad ni proyectos fuertes, aparece, como una figura paradójica porque proviene del mismo lugar, algo positivo, algo que hacer con la desorientación y la falta de sentido: no negar esa situación, exponerla y, en el mismo gesto, exponerse, escribirla y escribirse, ser por fin algo, ser un escritor, como Luciano Lamberti."

No seas vago, leela completa acá.

viernes

LA SIMPLEZA DE LO TERRIBLE


Emanuel Rodríguez leyó El Asesino de Chanchos, flamante libro de Luciano Lamberti:

Una idea vegetal de la historia: como si cada anécdota fuera una rama que lleva a otra rama que lleva a otra rama. En los cuentos de El asesino de chanchos lo que pasa tiene siempre el aspecto cruel y hermoso de esas clases de hiedras que destruyen la superficie por la que crecen, un ser parasitario pero irresistible, que se alimenta de algo que no podemos ver y que no deja de tener la fragilidad de cualquier planta frente al otoño. Una anécdota se entrecruza con otra, conocemos escenas, momentos de definición de personajes que comparten el mismo enfado, la misma resignación ante eso que se sugiere con la simpleza de lo terrible. Alguien se muere, es así de simple. Alguien se acuesta con su medio hermano y una aspirante de actriz, y es así de magnífico y simple. Las cosas simplemente pasan, ocurren, ligadas por un hilo misterioso o una savia cuyos minerales son un asombro apagado, una última energía ante la derrota, una alternativa pasiva ante un mundo demasiado hostil.

El paisaje predominante es cordobés. El noreste, las sierras. Pero no es un paisaje costumbrista, porque cada escenografía está siempre enrarecida, relatada con un halo de misterio que resulta tanto de una obsesión por la brevedad como de un registro de narrador enfadado. En muchas ocasiones da la impresión de que el narrador es como esos chicos enojados que no quieren hablar, que dicen lo justo y necesario para que podamos entender lo terrible de la situación. “Y una madrugada armé una mochila y me fui. No dejé ni siquiera una nota”. O “Cuando estaba llegando a la punta se resbaló y se cayó. Así de simple”. Y de hecho, a pesar de que cuenta escenas sombrías y de que describe personajes sangrientamente marginales, es un libro que remite a la infancia. Porque apela a esa clase de construcción narrativa educada por igual en la leyenda popular y en los primeros tiempos de la televisión por cable. Una búsqueda no del todo resignada de los pequeños héroes y las pequeñas cosas que alguna vez nos dieron algo parecido a la seguridad y la felicidad.

En varios cuentos las estrategia de Lamberti es contar dos historias a partir de un juego de apariencias. Una de esas historias es de amor, la otra, de muerte. No hay personajes en común, aunque siempre un protagonista de la historia A escucha o lee la historia B. Cada fábula que se cuenta parece entonces uno de esos espejos deformados y deformantes de la Casita de Casper, y el lector se ve ante un desafío emocionante: ver qué es lo que reflejan y distorsionan esos espejos. Y hasta puede tratarse de un desafío sentimental, porque cabe la chance de que se trate de algo que nos involucra, una oscuridad que nos reclama.

La tentación de la metáfora aquí es una réplica perfecta de la extrañeza que nos produce la vida, de esa necesidad perpetua de sentido que a veces nos lleva a creer que todo tiene que ver con todo. O que todo es una planta trepadora y nosotros somos hojas. Y lo que se acerca es siempre la estación más seca.

Publicado en La Voz del Interior, suplemento Ciudad X, 1/7/2010


En breve, novedades de la PRESENTACION DEL 8 de JULIO

miércoles

Apache ya forma parte de la rutina del plantel en Sudáfrica

El profe Fernando Signorini se encarga de la cuestión cultural. Trajo de Buenos Aires una buena cantidad de libros, que quedan apoyados en una mesa como una invitación. Hay algunos que abordan la temática futbolera, como los del Negro Fontanarrosa, Alejandro Dolina y Eduardo Galeano, por ejemplo. También cuentos, y biografías sobre Felipe Varela y Chacho Peñaloza. Los que más hurgan en la bibliografía son los que ya traían el hábito: Masche, Burdisso y Carlitos Tevez. El mismo que este año recibió de regalo un libro inspirado en su figura: Apache - En busca de Carlos Tevez, de la escritora Sonia Budassi.


Acá va la nota completa.



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jueves

Ultimas novedades sobre Varadero y Habana maravillosa

El periodísta y crítico literario madrileño Antonio Jimenez Morato dice esto sobre nuestra nueva joya editorial intitulada Varadero y Habana maravillosa.
Gracias Tony!!!!

domingo

Un libro y ciertas consecuencias en la esfera pragmática emocional


Cosas que pueden pasarte si agarrás Varadero y Habana Maravillosa de Hernán Vanoli,
cosas que han pasado y que,
a vos que no lo leíste aún, no te deberían desalentar.
(testimonio recogido en twitter)

Dijo @purasensacion

"en una sala de espera repleta enfrascada en una escena bond del libro de @Volquetero y justo dicen mi nombre por los altoparlantes #colorada
"

gracias marina mariasch por vuestra lectura y vuestro twitt!!

martes

Te cuento una intimidat



Un día me chatió un crítico literario y editor al que siempre consideramos joven y lúcido.
Yo le había dado Varadero y Habana Maravillosa, y quedé como a la infantil expectativa.
Y ese ser humano, entonces, más luego, palpitaciones, me chatió:
18.05 am
criticoliterarioyeditorlobizonsexy1405: anoche, en el cole para acá, leí de cabo a rabo Varadero y Habana maravillosa
Está muy bien!
Me gustó mucho
bueno, no te canso más
un beso"
*

Otro día, me crucé con una parienta política muy querida y ajena totalmente al mundillo literario y sus oficios mal pagos. Me compró el mismo libro, de Hernán
Vanoli, y lo llevó consigo a una playa ventosa de la costa atlántica argentina.
Al volver, declaró que dicho libro de relatos, o dicho texto, usemos la palabra texto, por las dudas vio, le pareció:
"rarísimo", super entretenido, por momentos "desopilante" y que no podía dejar de leerlo. Dijo que el libro tenía mucho de "siniestro" pero también "un humor estupendo". Le parecieron, a su vez, un hallazgo, los relatos narrados por una voz fememina.

campo literario y campo extraliterario,
unidos,
este año,
por primera vez.

Vanoli lo hizo pero vos, con tu lectura, también lo hacés.

¡interpeláte!
(y descubrí de qué lado estás)

domingo

Ahora se puede escuchar

Gracias a Leopoldo Brizuela, que iba a leer "La dama y el perrito" (o algun cuento así) y al final se enganchó con "Otras fotos de mamá" (uno de los míos, publicado en "Hojas de Tamarisco" y "76"), ahora el cuento   puede bajarse en MP3 y aprenderse de memoria mediante la técnica de escucharlo una y otra vez, despierto o dormido (en el colectivo, en el tren o en tu medio de transporte habitual, o en tu propia cama, de una o dos plazas, plaza y media, queen, king, futón), cual lección de idioma extranjero, cual obsesión memorística, ¡viva la memoria!

Se encuentra acá: http://weblogs.clarin.com/revistaenie-unmillondeamigos/archives/2009/11/cuentos_para_escuchar_leopoldo_brizuela_y_la_busqueda_de_la_identidad.html

PD: SEGUIMOS A LA ESPERA DE LA CONTUNDENTE SALIDA DE FÁBRICA DE "VARADERO Y HABANA MARAVILLOSA".

martes

Ya no sos igual/ya no sos igual/sos un vigilante/de la po li cía federal

qué triste esa canción, me hace acordar a Comisario de Piolavago que suena más alegre pero es tremenda igual.
En el último Interpretador está la cana, la poesía de la cana, los vigilantes del realismo, la crónica de la bonaherense, los actores crónicos, los críticos y críticas que aguantan mal, los escritores y escritoras de retorcida moral, la federal literaria de la derrota política

porque siempre hay que dudar cuando te dicen que la cosa es solamente así.

LOS POLICIALES:
averiguación de antecedentes
el móvil
la fuerza
declaraciones
según el batallón de infantería de la revista interpretador

preparen sus biromes y sus escarapelas para el desfile del 9 de julio

viernes

La presentación de 76, por Damián Ríos

Las vacaciones de una familia en la playa y una revista porno que se disputan tres amiguitos; un vehículo militar que estuvo en Malvinas; las fotos de tu madre joven; la chica más flaca con la que estuviste; una agenda vieja y una tía loca; el diálogo embrutecido por el alcohol de dos señoras en la playa; aprender a fumar; el relato de un viaje alucinado, bien argentino, de tres amigos. Estos son apenas rasgos de cada uno de los cuentos que conforman 76. Ni siquiera son los rasgos más importantes. Dice un viejo poema escrito en medio de las pasiones de los 70, o de los 60 o quien sabe tal vez hable del 2008:
“Entre no saber nada y saber lo que los otros
quisieron que supiera
debí elegir lo primero;
y después de haber dado rotunda finalidad a un escupitajo
hubiera aprendido con mis propias costillas,
con mis intestinos recorridos por cólicos;
hubiera andado derecho
dinamitando a mis espaldas los que debió ser dinamitado…”
El poema es de Giannuzzi, habla de la Historia, con mayúsculas, y lo traigo a esta mesa porque entiendo que 76 se inscribe en la tensión de “entre no saber nada” y “saber lo que los otros quisieron que supiera” y le pone el cuerpo a esa tensión, que es incómoda, y lo pone en cuentos, en palabras, en tonos que van configurando pequeñas tramas.
En “En una casa en la playa”, las relaciones de poder que se describen son mínimas; tres chicos se disputan la propiedad y el uso de una revista porno en unas aburridas vacaciones con dos abuelas. Como en todas las vacaciones, llueve bastante, y el narrador termina enfermándose después de quedarse una tarde en el mar en un día desapacible, en un acto de resistencia a sus dos amigos que le reclaman la revista y que no se animan a meterse en el mar. El narrador, huérfano, elige refugiarse en un lugar inhóspito ese día, el mar, lejos del alcance de sus enemigos. “Siempre es difícil explicarle a un desconocido que uno no tiene mamá”, reflexiona el narrador y de alguna manera se incluye a sí mismo en esa dificultad y con esa frase pone uno de los cimientos de 76.
En “Unimog” la disputa es por el destino de un subsidio, que debería ser utilizado para arreglar una casa y que en cambio es destinado a la compra de un viejo Unimog, un vehículo de guerra que tal vez estuvo en Malvinas, según el vendedor. El subsidio cobrado es a cuenta de la indemnización que recibió el personaje a causa de la desaparición de su padre, que antes de desaparecer participó en un episodio heroico de la guerrilla urbana de los ’70, la toma del Comando 141 de comunicaciones del ejército, formando parte de la compañía “Decididos por Córdoba”, del Ejercito revolucionario del pueblo. Como en ese episodio guerrillero, el personaje se sube a su Unimog y se dirige a Córdoba, decidido.
En “Otras fotos de mamá” la entonación del cuento es resignada ante una búsqueda infructuosa. La esperanza de que un desconocido le diga algo relevante acerca de la madre desaparecida se frustra; la única esperanza, parece decirnos el cuento, es la literatura, no por lo que nos quiera decir, en el sentido de expresión, porque precisamente el acto de escribir a veces impone un desvío y una distancia entre lo que se quiere expresar y lo que finalmente se cuenta, sino por lo que se pone en juego al poner a funcionar un artefacto literario, con sus herramientas, sus juegos, sus recursos, sus artes.
En “En lo que cabe en un vaso de papel” mientras Bárbara y el narrador histeriquean y deciden qué hacer o qué no hacer con sus respectivas carreras universitarias y con sus vidas, un grupo de obreros, frente al balcón en el que toman mate, avanza rápidamente en la construcción de un edificio más alto “con máquinas ruidosas que a pesar de la distancia se oían nítidas, insistentes”. La trama después toma otros desvíos, la relación se corta, y en una llamada telefónica se terminan diciendo “gracias” y “mucha suerte”.
La revisión de una vieja agenda y la relación con la tía Rita, que piensa que nada sucede porque sí, confluyen en “El orden de todas las cosas”. El relato se resuelve en las peripecias a las que es llevado el narrador, que todo el tiempo está dominado por la tensión del orden que impone esa vieja agenda y la consecuencia de la tía Rita con sus peculiares principios.
En “Susana está en Uruguay”, otra vez la playa que junto al alcohol matizan la espera de Susana. Pero Susana no está en Uruguay, eso lo sabemos desde antes de empezar a leer el cuento y entonces esos diálogos en los que está estructurado el relato nos van proveyendo de las huellas de una tragedia familiar inscripta, a su vez, en una tragedia nacional.
Un cigarrillo que permita fumar bajo la lluvia, sí, pero la esperanza de encontrar un pretexto que permita salvarse de algo más grave a la que podemos llamar “La historia”, o de sus consecuencias, es el tema de “Fumar abajo del agua”.
La locura o el delirio dominan “2073”, un relato de anticipación que también funciona como reflexión sobre la historia. 2073, 1973, 2008. Una palabra lleva a la otra, esta a una frase y a otra frase y entonces una voz, un tono que echan luz sobre la trama que compone ese relato alucinado conque termina el libro, y uno no sabe si de alguna manera ya la leyó en los otros cuentos de 76, o si fue en otros libros, o fue algo que alguien dijo hace tiempo. Y ahí se produce esa confusión que a veces genera la literatura, cuando aparece la historia y no sabemos si se trata de un delirio, de un sueño o de un recuerdo propio, o si en realidad no es ese modo de contar el que hace pasar una alucinación por una historia o una historia por una alucinación y es a ese procedimiento que le llamamos literatura.
Tensionados entre saber y no saber algo de la Historia se han escritos estos cuentos, tensionados entre arriesgarse y no, pero al final de algo se enteran, algo se sabe, al final se arriesgan.
En la contratapa las palabras “Autobiografía”, “libro de cuentos”, “protonovela” y “novela rota”. La literatura del yo no existe, es sólo un pretexto para la publicación de artículos en libros colectivos que dan puntaje para una carrera académica, algo totalmente lícito pero no esperemos creerque eso sea verdad. Si se quiere, aceptemos que existe pero que es ajena al impulso que lleva a ponerse a escribir un libro o a leerlo. También se habla mucho de las literaturas generacionales. En todo caso hay que decir que este libro da cuenta, con su tono a menudo intimista, de una tragedia personal que también señala una tragedia histórica, que tiene fechas, cifras, y se hace cargo de ellas desde el mismo título. Pero, yo lo sé muy bien, escribir contratapas es difícil y a mí nunca me salió ninguna como la gente. ¿Qué más puede decir un editor acerca de un libro que eligió entre decenas? Llegado ese punto, ya no hay nada que decir, sólo hay que poner la plata para la producción del libro y tratar de hacer bien el trabajo.
Como personajes de un cuento de Bruzzone, inventamos una empresita con un amigo para tratar de vivir de ella. Nos llegan mails de todos tipo: autores que quieren que los representemos, novelas, libros de cuentos, borradores de proyectos y preguntas. Ayer, cuando releía 76 me entró el mail de una señora a la dirección de mi empresa cuyo asunto decía: “ayuda” y seguía así: “necesito ayuda para publicar un buen libro pero no se como aserlo necesito ayuda”. Nada más, ninguna firma. Al principio me causó gracia, pero después me preocupó. Hay, en alguna parte de la Argentina, una mujer que está convencida de que escribió un buen libro y su problema es que no sabe como publicarlo y me escribe. Le contestaría diciéndole que es más difícil escribir un buen libro que publicar, pero no creo que eso calme su angustia ni que la tranquilice, y además eso no es lo importante. Le escribiría diciendo que la puedo ayudar, pero lo más seguro es que ese libro ni siquiera me parezca tan bueno. Pero hay que ponerse en mi lugar. Los cuentos de 76 me conmovieron al punto que tengo más preguntas que certezas. Estoy conmovido por este libro y estoy pensando este libro y anotando mentalmente una serie de preguntas que le quiero hacer al autor acerca de sus gustos, sus elecciones, sus afinidades, etc., y me entra el mail de esta señora, que no hace otra cosa que angustiarme. Señora, si escribió un buen libro póngase a escribir otro, no se preocupe por publicar y lea a Bruzzone, está editado por Tamarisco, debería contestarle. Se trata de un libro de cuentos que trabaja entre otras cosas la orfandad, que no es otra cosa que la desesperación que implica la imposibilidad de tener padres. Los personajes de Bruzzone no pueden tener padres y ésa es su tragedia y de esa tragedia esta hecha amorosa, tiernamente su literatura. Venga esta noche a la presentación, por menos de treinta pesos se lleva un ejemplar. Los periodistas ya andan diciendo que es el libro del año pero usted y yo sabemos lo proclives que son los periodistas a encontrar libros del año a cada rato, todas las semanas, todos los días, en cada posts algún blogoperiodista reclama para sí el descubrimiento del libro del año; siempre fueron así, señora, los periodistas, es parte de su profesión. Y este libro, señora, no tiene padres literarios. Tiene abuelos, porque los cuentos están marcados por el magisterio que ejercieron en el género figuras como Cortázar y Walsh, antes que Aira o Fogwill. Nadie elige a sus padres pero sí puede elegir si quiere o no vivir con sus abuelos y se reserva el derecho de elegir a los afectos con las que encarará proyectos literarios y editoriales o ciclos de lectura. Y la publicación de este libro en Tamarisco, señora, y no la publicación de uno suyo o uno mío, habla de eso. Todas las noches, en Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario, en Bahía Blanca, en toda la Argentina, hay alguien leyendo su poema o su cuento a un pequeño auditorio. ¿No es increíble? También es hermoso. Señora, usted y yo somos mayores. Ya es tiempo de que dejemos la literatura. Sentémonos a mirar cómo se las arreglan Bruzzone y sus amigos con ella. Veamos qué hacen ellos con las palabras, escuchémoslos sonar. Al final, estoy seguro que va a ser emocionante. Mientras tanto, es conmovedor y a veces admirable.
Muchas gracias.

martes

Supermercado Cultural

Hoy a la mañana suena el teléfono. D. Conti (ex ERP, ex novio de mi vieja, ¿algo que ver con Haroldo?, no sé, yo de Conti nunca leí nada), que dice que vio en Ñ la nota sobre “76” y quiso ubicarme. “Por fin ese supermercado cultural me sirve para algo”, dijo. Intercambiamos fotos por mail. Vive en Córdoba (Calamuchita), así que en la foto hay sierras, árboles, una casa de madera y techo de chapa, bancos para exterior cavados en pedazos de troncos. Se lo ve de lejos. La foto es puro paisaje. Capaz que, como ironizó él mismo durante la conversación, es un “servicio”. Aumenté la imagen pero nada, cuadraditos de colores. Después de eso, subiendo una cama al techo del auto, Valentino se hizo pelota un dedo del pie. Y durante el almuerzo, Eugenio casi se ahoga con un pedazo de salchicha. Sol le metió los dedos en la boca, lo dimos vuelta, patas para arriba, y le pegamos en la espalda hasta que la salchicha salió disparada, fueron varios segundos. Sol después se sentó con los ojos cerrados en el futón. A mí me temblaban las patas. Este tipo que llamó es yeta, dijo Sol. Habrá que esperar.