jueves

Entrega III

Para J.U.

- Bueno, el último té, Marta, mirá que son las nueve y media.
- Si, ya sé.
- Ay, es que estoy un poco nerviosa.
- ¿Vos, nerviosa? ¿Desde cuándo?
- Es que con él es distinto, creeme. Nunca me pasó algo así, ni con Octavio.
- ¿Para tanto? ¿No exagerás ?
- No, en serio. Es tan tierno, tan atractivo, como...como un niño hombre, algo raro, viste, pero eso es lo que me encanta de él, esa mezcla rara.
- Mirá vos...
- No creo que me entiendas, pero igual gracias, gracias por acompañarme.
- ...
- ...
- ¿Qué pensás? ¿En Octavio?
- No. Trato de recordar qué viene a pedirme Ernesto.

Y qué pasa si de pronto me vuelvo joven. ¿Cómo me mirarías? Como a las chiquitas esas que persiguen ustedes, porque yo los veo, no creas que no. Pero también veo que sos el único que no les grita cosas cuando ellas pasan por delante de la canchita de fútbol. No, vos las mirás de otra forma. Y si un segundo después te das vuelta y, de espaldas a mi ventana, movés los labios para que los demás se rían, no sé por qué es, no quiero saberlo. A mí me gusta la otra imagen: un muchacho respetuoso que observa en silencio a la chica que, en este instante, me gustaría ser.

- Pasá.
- No, está bien, no se moleste, Delia.
- Pero pasá, te digo. Ponete cómodo. Y tuteame.
- Bueno, un ratito nomás, eh.
- Ahora dame tu campera, ahí está, la colgamos acá ¿sí?
- Sí, gracias.
- Bueno. ¿Qué querés?
- ¿Perdón?
- Qué tomás.
- No, nada, gracias, no se preocupe.
- No, algo vas a tomar, Ernesto. Y no me trates más de usted, ya te dije.
- Bueno, no sé...agua.
- ¿No preferís una cervecita?
- Si usted, perdón, si vos también tomás, acepto.
- Perfecto. Esperame acá que voy a la cocina a buscar una y la tomamos entre los dos. Sentate, querido, ya vuelvo.

Dios, ayudame, por favor ayudame. Estoy temblando, no puede ser. Ay...esos ojos, no me mires más así porque no aguanto. Tengo que hacer algo. Apoyar mi mano sobre la tuya. No. Muy precipitado. Debés tener sueño. Sugerirte que te recuestes en el sillón. Y acariciarte el pelo mientras tus ojos se cierran. Tal vez eso...tal vez después pueda inclinarme sobre vos. Ay, me transpiran las manos. Tengo que apurarme, si no vas a aburrirte. Pero estoy tan nerviosa...Dios mío, ayudame.

- Acá están las cervecitas...
- ...
- Las apoyamos acá, a ver... ¿me hacés lugar ahí? Si, ahí a la izquierda, levantá ese libro, ahí está, un vaso por acá y el otro por acá. Listo.
- Eh...a mí se me hace un poco tarde, Delia.
- ¿Pero no vas a tomar?
- Si, un poquito, pero voy a tener que irme en cinco o diez minutos porque mi mamá me espera a cenar, sabés.
- ¿Cómo tu mamá?
- Sí. ¿Qué tiene?
- ...
- ¿Estás bien? Te pusiste pálida.
- No...me habré confundido...
- ¿Con qué?
- Nada, nada, dejá, cosas mías. Vos tomá tranquilo, no te preocupes.
- ...
- ...
- No quiero ser atrevido, pero...
- ¿Qué? Decime qué necesitás.
- La caña de pescar.
- Ah, la caña...
- Ajá...
- Es que tal vez se la llevó Octavio. A ver...esperá que me fijo bien, por ahí no se la llevó...
- No, deje, deje. Perdón, dejá. Paso otro día, no te preocupes.
- Pero es un ratito nomás, voy y vuelvo, seguro que algo encuentro.
- No, de verdad. Tengo que irme. Si la encontrás, me avisás mañana, ¿sí? Yo a la tarde juego al fútbol acá a la vuelta. Hay muchas canchitas pero yo voy a la del baldío, justo acá atrás ¿sabés cuál te digo?
- Sí, creo que sí...
- Bueno, entonces quedamos así. Chau, Delia, y gracias por la cerveza.

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