lunes

El sentido de los espacios vacíos-Reseña

Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros. El hecho es que ocupan y relegan lugares protagónicos en función del punto de vista con que se los quiere contar. Un libro que podría definirse como la suma descriptiva de momentos, sentimientos y relaciones que no se dirigen hacia ningún punto concreto. Casi el opuesto exacto de la célebre teoría de la composición de Poe, aquella en la que el opiómano afirmaba que el final del cuento debe ser tan sorpresivo que "tome por el cuello al lector". Pero no es esa, precisamente, la intención de Molina. Y tal vez en eso resida el hallazgo: la aparente incertidumbre de la espera justo ahí, en plena complicación del relato. Esa supuesta apatía del libro reflejada en sus múltiples niveles (lenguaje sobrio, personajes poco descriptos, diálogos breves, situaciones esbozadas) es sólo la punta del iceberg, a lo Hemingway. El resto duerme bajo el hielo y subrepticiamente, casi de incógnito, se hace sentir. Es esa tensión que cualquier lector atento percibe. La trama latente que corre, oscura, debajo de cada gesto, de cada frase, de cada discusión o amorío, encuentro o desencuentro. Las palabras precisas y no elegidas al azar con que el autor decide dejarnos ahí, en el "justo que". La forma en que el final abierto nos obliga a repensar lo anterior cuando los personajes reaparecen con matices diferentes, en situaciones diferentes, resignificando cada vez lo ya leído. Entonces la apatía deviene dinamismo, empatía con el autor: los lectores valoramos la humildad de quien nos deja imaginar. De quien relega la soberbia narrativa de querer acapararlo todo. Esa que, a veces, termina opacando el interés potencial de un libro.

11 comentarios:

Playmobil Hipotético dijo...

violeta: no sé bien si se entiende lo que quiero decir en esa reseña, pero es verdad que la apatía de los personajes no es sinónimo de lo apático que puede o no resultar el texto. De hecho, creo que el ceder un protagonismo excesivo en pos de la búsqueda del estilo o en pos de la generación de la tensión que vos mencionás y que me parece exacta, es una gran virtud de Ignacio.

el borracho dijo...

suena interesante. cuándo sale el libro?

Mavrakis dijo...

Ya salió.

Violeta Gorodischer dijo...

Estamos de acuerdo entonces, Playmobil. No era una "respuesta" a lo que escribiste, sólo una mención pertinente.
Saludos

Anónimo dijo...

Che borracho, como bien dijo mavrakis el libro salió hace poco, y está muy bien. Vos tratá de actualizar tu blog.

Mavrakis dijo...

Como lo hizo el Playmobil, también creo lícito responder la alusión a mi reseña de L.E.V.

El rasgo "apático" al que me referí fue concebido críticamente como un procedimiento formal, una operación propia de un estilo decidido y voluntario. Remontarlo, digamos, a mera punta de iceberg (para luego proseguir tu lectura, Violeta) implica relegar la cuestión meramente formal del autor para empezar a apelar a las competencias del lector, sobre las que abrir juicio es también más complejo. Es muy interesante porque saltan, alrededor de un mismo libro, lecturas parecidas pero con métodos de aproximación distintos.

Lo seguro, al menos para mí, es aquello formal, que, coincido, produce una “cohesión” del orden de lo que se le puede endilgar, seguramente, a la recepción del libro entero – a su lectura - . Seguramente “Gostanián”, porque es vago, trató de quitarle toda responsabilidad al lector. Y se limitó a ponerlo al tanto menos de lo que se le exigiría que de lo que se le exhibiría.

Lo bueno en literatura es que todo se complementa.
Saludos.

Violeta Gorodischer dijo...

Insisto: que el rasgo apático es consecuencia de "un estilo voluntario" me parece algo que no entra en discusión, todos estamos de acuerdo. El tema es el para qué. En este sentido, me parece que el objetivo de esa voluntad es, justamente, crear cierto efecto de lectura (similar a la teoría "del iceberg" de la que habla Hemingway). Por otra parte, supongo que la competencia de los lectores es algo que Molina, que cualquier escritor, tiene muy presente a la hora de escribir.
La apatía por la apatía misma, como mero procedimiento formal, no es muy conducente...en mi humilde opinión.
Saludos again

Octavio dijo...

La "apatía" no es más que otra consecuencia del vacío posmoderno de sentido. Lo percibo en el cine de Rejtman, en los cuentos de estos chicos, en la poesía desapasionada y hueca que se publica ahora. ¿Desde cuándo esa apatía es un valor positivo en ua obra de arte?

Mavrakis dijo...

Desde que se construye deliberadamente como estilo literario contundente (una pasión, digamos, ligada al orden de la escritura) para dejar de ser mera pose teórica del intelectual desencantado.

violeta dijo...

octavio, yo decía lo contrario: el valor no es lo apático en sí, sino la operación de lectura que genera...En fin, ¿damos cierre?

molina dijo...

Octavio: son los cuentos de "este chico" en todo caso. Y para hablar de ellos tenés que leerlos, caso contrario: boca cerrada.
(Y aprendé a leer reseñas)