miércoles

El pueblo también puede vestirse de gala

Al cerrar la revista, Nora piensa en Greta Garbo, en las ganas de ser como ella. Con ese glamour, ese porte, esa sensualidad que enloquece a los hombres. Recostada en el sillón del living, enciende un cigarrillo y entrecierra los ojos al aspirar el humo. Pedro está sentado frente a ella con las piernas muy juntas, las manos sobre las rodillas y el torso encorvado. Al exhalar, Nora inclina la cabeza hacia atrás. Pedro se seca la frente con un pañuelo y busca, en la pared del living, las ya conocidas fotos de la familia Martínez: Nora sola, con la madre, con el señor Martínez; Nora con las compañeras del Nacional, con el gato que alguna vez tuvieron, con las tías perdidas de Asunción. Y mezclada entre los momentos familiares, la foto de una angelical Evita sonriente que a él siempre le recuerda- en su casa tienen la misma foto- a una famosa estrella de cine. Nervioso, mientras dobla el pañuelo, vuelve a mirar a Nora. La transpiración adherida a la tela y los ojos fascinados ante esa piel tan blanca, ante esos bucles renegridos, ante el pronunciado escote de la muchacha que, frente a él, estira ahora una pierna para decir con voz despreocupada:
-Pedrito, ¿no querés masajearme los pies?

Pedro masajea con suaves movimientos circulares mientras levanta la vista para contemplar el rostro de Nora, a ver si te gusta, corazón. Ella suspira y él cierra los ojos para contener los deseos de subir las manos, de tocarle las piernas y acariciarla por debajo de la pollera, de inclinarse sobre ella, a ver si esto te gusta más, para susurrarle palabras al oído y sentir de cerca el perfume de su piel. En Nora se multiplican placenteras imágenes de la última película de Greta Garbo, famosa bailarina que, desordenado corte carré y vestido entallado, sube las escaleras de mármol y baja sus párpados de seda para sonreír al hombre que le propone disfrutar de ese Gran Hotel que es Europa o que Europa les ofrece. Pedro toca ahora los tobillos de Nora con ternura o con deseo o con ambas cosas, ni él sabe por qué la hija del señor Martínez lo inquieta de esa forma, te comería a besos, corazón, por qué su presencia le hace sentir un cosquilleo igual al que sintió aquel día en que su madre lo llevó al Teatro Colón sólo porque Evita iba a estar allí, enfundada en su tapado blanco para demostrarle a los ricos que el pueblo también puede vestirse de gala. Las manos de Pedro suben; Nora deja que suban. En silencio, ella vuelve a aspirar el humo mientras piensa en la escena en la que Greta, recostada sobre un sillón de terciopelo, acaricia los cabellos del dandy que con lágrimas en los bordes de los ojos asegura: después de haberla visto bailar ya no podré conocer belleza semejante.
Los dedos de Pedro juegan con la pollera de Nora, rozan las rodillas para ver si ella, ofendida, le retira la mano, si se levanta para gritarle o apartarlo como él siempre pensó que haría una muchacha decente, una como vos, si un depravado como él llegara a hacerle lo que ahora él le hace. Pero Nora sonríe y permanece con los ojos entrecerrados mientras Pedro, confundido, se pregunta si tocarla de esa forma no es faltarle el respeto, y yo no quiero, corazón, no quiero arriesgarme a perder todo de una vez y para siempre. Respira profundo y sube la vista para volver a encontrar la foto de Eva: su sonrisa, sus ojos brillantes y su rubio cabello sedoso le traen recuerdos de días soleados, de interminables viajes en tren, de un mar de personas que cantan la marcha peronista para el General y para una Eva radiante que desde el balcón de la Casa Rosada levanta sus manos con la sonrisa más dulce que Pedro recuerde. Y de pronto, imágenes de un sueño olvidado, guardado, negado como se niegan los más oscuros secretos. Evita arrojaba besos a una multitud en la que él estaba y en donde, ajeno a los gritos y a los bombos y a las consignas políticas, pensaba que daría cualquier cosa con tal de que aquellos besos fuesen sólo para él.
Nora abre los ojos. Pedro se sobresalta y a un tiempo quita la mano y corre su silla. Ella, impasible, toma la mano de Pedro para volver a llevarla a sus piernas. Después apaga el cigarrillo en el cenicero y se acerca a él para susurrarle algo al oído. Entonces Pedro la besa y Nora se inclina hacia atrás para que él pueda, a su vez, inclinarse sobre ella. En el Gran Hotel, pasos de gente que va y viene, teléfonos que suenan, flores puestas a último momento. Todos aguardan a la bailarina y Nora piensa en el sonido de los tacos, en las miradas de los hombres, en el fabuloso tapado de piel que ella luce y que no es blanco. ¿Por qué lo veo blanco?, se pregunta mientras siente cómo las inquietas manos de Pedro desprenden los botones de su blusa, cómo se agita la respiración de los dos cuando ella anuncia que esta noche las puertas del Colón se abrirán para todos, pero no, piensa Nora, si estaban en Europa, porque todos tienen derecho a vestirse de gala y nadie puede negarles un poco de diversión. Nora intenta ordenar la escena y hunde sus blancas manos en los cabellos de Pedro quien a su vez, al besarla en el cuello, piensa en la Plaza de Mayo y en una mujer ya no rubia ni con el cabello en un rodete, hoy te peinaste distinto, mi amor, una mujer que, desordenado corte carré y vestido entallado, alza las manos para decirle al pueblo que siempre los llevará en su alma, que los llevará por siempre en lo más profundo de su corazón.

Cuento leído en Alejandría

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantó la vinculacion Eva Greta!

Anónimo dijo...

gracias nadia.

Anónimo dijo...

Lo leí!
y me gustó.
Felicitaciones

Anónimo dijo...

Bien!! Rompimos la racha! Ahora acordate del momento en que entraste a Bartolomeo y el círculo cierra a la perfección.
Empezamos a comunicarnos, al fin.

Anónimo dijo...

"Pedro" es Mairal?

Sonia Budassi dijo...

En en ese plan

La familia de Martínez. ¿Es la de Guilermo?